RECORDANDO LOS ORÍGENES…

Feminist Studio Workshop_1973

Una nueva oportunidad de repensar en torno al papel de la mujer en el arte, ante la representación de la mujer en el “mundo del arte”, coincide casualmente en el tiempo con la inauguración de una exposición del colectivo feminista estadounidense Guerrilla Girls que conmemora los 30 años de la fundación del colectivo. Inevitablemente, hecho mano de mi tesis doctoral, redactada hace ya más una década, en la que trataba de analizar con un ojo crítico lo que yo llamaba el arte verdaderamente público, las prácticas artísticas puestas al servicio de los movimientos sociales minoritarios, abarcando un margen de tiempo que comprendía las tres últimas décadas del siglo XX.

Centrando mi mirada en las prácticas artísticas feministas, releo con nostalgia el capítulo que dice “Por una oposición activa y efectiva. Lo personal es político y se hace público: las prácticas artísticas feministas”. Creo sinceramente que resultaría a todas luces muy esclarecedor y enriquecedor para todos aprender de la labor realizada por el movimiento feminista gestado en el cambio de la década de los 60 a los 70, de su empeño por hacer de la labor artística un eficaz instrumento de empoderamiento para alzar una voz unificada que se opusiera abiertamente a las pautas de vida y las formas de comportamiento y actuación impuestas desde el poder establecido. El movimiento feminista, inspirado por su lema “lo personal es político” se convirtió rápidamente, por entonces, en uno de los ejemplos más emblemáticos de la lucha de las nuevas fuerzas sociales gestadas en la época por salir al ámbito público y hacer de su problemática singular una cuestión pública y notoria difundida a través de todos los medios a su alcance. Su forma de actuar, su capacidad para organizarse y movilizarse, inseparable de su reivindicación política, se convirtió pronto en un paradigma a seguir por otros colectivos deseosos de combatir su aislamiento e invisibilidad tales como los chicanos, los afroamericanos, el colectivo gay etc., y otros grupos sociales minoritarios que comenzaron a vincularse en este periodo.

Las nuevas fuerzas sociales, que fueron cobrando una visibilidad creciente a partir de los años 60, emplearon los recursos que les ofrecía la práctica artística como una eficaz herramienta para denunciar la comercialización abusiva y el carácter elitista del mundo del arte oficial, sus mecanismos de exclusión y homogeneización de la “diferencia”, buscando de este modo restaurar una dimensión pública renovada al espacio institucional. A través de sus trabajos no sólo trataron de apropiarse de la autoridad del museo y de introducir en él cuestiones en muchos casos ajenas a los intereses tradicionales del mundo del arte institucionalizado, sino que pusieron el acento de un modo esencial en reexaminar su papel cultural, en analizar y cuestionar los modos de representación por él creados y codificados como únicos y verdaderos, haciendo frente a los estereotipos y los códigos culturales del poder, oponiéndose públicamente a su construcción de una realidad hegemónica y universal.

parrafo_paloma1El colectivo de las mujeres se convirtió desde un principio en un ejemplo a seguir, y su lema por excelencia, “lo personal es político”, y su modo de organizarse y movilizarse, se convirtieron rápidamente en la consigna unificadora de las distintas luchas de la época. Desde el lugar del silencio e invisibilidad que se les había venido reservando tradicionalmente a las mujeres, se produjo una llamada para la invención de una nueva poética y una nueva política a partir de las cuales les fuera posible reclamar el control sobre sus cuerpos y constituir una voz propia con la que hablar públicamente sobre su condición.

El arte feminista, basado de una manera esencial en una práctica artística, se originó a partir de un marco teórico fundamentado en las reflexiones teóricas de todo un conjunto de artistas, críticas, escritoras, comisarias etc., entre las que destacaron, dentro del ámbito norteamericano, Judy Chicago, Miriam Schapiro, Arlene Raven, Sheila Levrant de Bretteville, Mary Beth Edelson, June Wayne o Lucy Lippard.

paloma2Siguiendo las reflexiones de Judy Chicago, las feministas afirmaban que la supresión de una identidad femenina autorizada a través de las desfiguraciones y las descripciones engañosas de la cultura popular podía ser contrarrestada articulando una nueva construcción de la identidad a través del arte. Conscientes del papel instrumental de la imagen en el proceso de explotación de las mujeres llevado a cabo a través de a publicidad, la pornografía etc., las artistas feministas sintieron una responsabilidad particular que les llevó a crear un nuevo vocabulario de imágenes que estuvieron conformes con sus propios intereses, unas representaciones creadas por ellas mismas que reflejaran la construcción propia de su identidad, utilizando para ello todas las herramientas a su alcance. Una de sus metas fundamentales se centró, ante todo, en cambiar la visión tradicionalmente impuesta de las vidas personales de las mujeres en un afán común por superar la fundamentación clasista, racista y sexista de la sociedad de su tiempo, por romper con los hábitos culturales y los condicionamientos sociales existentes, un hecho que se ponía de manifiesto de un modo aún más evidente si cabe en el mundo del arte, microcosmos de la sociedad capitalista. Con este fin, comenzaron por reforzar su sentido de comunidad, mostrándose políticamente conscientes de su necesidad de ampliar la esfera de influencia de sus reivindicaciones, de llevar a cabo una nueva práctica artística activa y efectiva dotada de una novedosa y revitalizada función comunicativa que les permitiera constituirse en una nueva comunidad colectiva de intereses comunes. Pusieron todos sus esfuerzos, pues, en realizar conexiones, en crear nuevos vínculos y espacios de diálogo que les convirtieran en grupos de acción y presión con una dimensión política y pública.

Con esta forma de actuar, trataban de crear una comunidad productiva dentro del mundo del arte donde la gente pudiera reunirse, intercambiar ideas, conocimientos y generar arte. Esta fue, sin duda, una de las contribuciones más valiosas del trabajo realizado por el colectivo de mujeres que implicaba no sólo la construcción de comunidad, sino la conformación de una pedagogía, la necesidad no sólo de construir un público, sino también de representar a los no-representados, de debatir públicamente las problemáticas que la vida urbana y la división de clases habían oscurecido. Este carácter expansivo y a un mismo tiempo inclusivo de su forma de actuar, se convirtió en una de las principales características de estas prácticas artísticas feministas, las cuales trataron de desafiar la tradicional separación entre la “alta y la “baja” cultura, entre lo amateur y lo profesional,…, divisiones normalmente empleadas para excluir a las minorías de la participación creativa en la cultura en un sentido amplio.

Partiendo de esta amplia base, el arte feminista se trazó como principales objetivos concienciar, invitar al diálogo y transformar la cultura, la politización de lo personal como un proceso de autoestima, de autovalorización, de autoconciencia del sujeto, un paso más para la toma de conciencia colectiva.

Temas como el cuerpo, el género y la sexualidad, se incorporaron en las obras de estos años con otros como la feminización de la pobreza, la igualdad de los salarios, los niños y el cuidado de la salud, la violación y el abuso sexual, los derechos reproductivos, la violencia doméstica o los crimenes pasionales, entre otros muchos. Movida por el deseo de ordenar este panorama tan variado y rico de experiencia, Lucy Lippard distinguía tres modelos posibles a la hora de actuar: rituales de grupo y/o públicos, agitación de la conciencia pública e interacción a través de imágenes visuales, environments y performances y prácticas artísticas colaborativas-cooperativas-colectivas o anónimas, todos ellos interrelacionados y conducidos por una misma necesidad de crear nuevos vínculos más allá del proceso o el producto resultado del trabajo, de fundar un sentimiento de comunidad que conectara y abriera el diálogo, que utilizara el arte como una herramienta poderosa y potencialmente subversiva de concienciación.

Esta manera de actuar ponía inevitablemente el acento de una manera muy especial en el alcance y efectividad de la producción artística, buscando estimular a la tradicional audiencia pasiva del mundo del arte para dar la bienvenida a un público participativo y activo, implicado de un modo directo en el proceso de realización y recepción de las obras. De este modo, se completaba esa tan anhelada tela de Ariadne, metáfora impecable del modo de trabajar del colectivo feminista, de su deseo de organizar una red de diálogo abierta que implicara al mayor público posible. La red, la tela de araña como una imagen de inclusión, de enlace e integración, que se manifestó al mismo tiempo como un símbolo de la ruptura de las barreras creadas por los conceptos de raza, clase y género, una red de conexiones frágil en sus partes, pero fuerte y flexible en su conjunto, moviéndose del centro en todas direcciones.

Recomiendo echar un vistazo a las obras realizadas por aquellos años por artistas como Martha Rosler, Mierle Laderman Ukeles, Suzanne Lacy o Leslie Labowitz, entre otras muchas, o de colectivos como The Waitress, Mother Art o la Feminist Art Workers, a organizaciones como Los Angeles Council of Women Artists, el Women´s Art Registry o el espacio Los Angeles Women´s Building, “el mayor gimnasio intelectual del momento” el cual albergaba un impresionante grupo de organizaciones feministas y su componente educativo, el Feminist Studio Workshop, espacios todos ellos donde las artistas habían comenzado a formar un proyecto viable, contínuo, basado en la comunidad y en valores y trabajos compartidos.

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Volviendo a la expo de las Guerrillas Girls, sinceramente me llevé una imagen un tanto desalentadora de la situación actual. En esta esclarecedora revisión de treinta años de trabajo de este colectivo vemos como   las estadísticas empeoran con el paso del tiempo en lo que a la inclusión de las mujeres en el mundo del arte respecta. Paralelamente se vislumbra una pérdida ostensible de fuerza en sus carteles a medida que los años avanzan. Esto no quiere decir que no aprecie y valore el esfuerzo crítico de las GG, si bien me cuesta verlas en persona haciéndose selfies con el público mientras en la sala de al lado la exposición de una artista permanece completamente vacía de público, todo lo cual me hace plantearme el que, una vez más, el mundo del arte institucionalizado, disfrazado de alternativo, fagocita y engulle a la crítica que se le oponía y le combatía, haciendo de ella un producto massmediático más que consumir.

Sólo me queda hacer un voto a favor de una forma de actuar del colectivo de mujeres en la que, junto a la necesaria, constante e inevitable tarea de deconstruir, denunciar, desafiar, desmitificar, reapropiarse de, reivindicar, reevaluar y transgredir, y sin menospreciarlo de ningún modo, construyamos de nuevo redes de araña flexibles e integradoras que, siguiendo el ejemplo del movimiento feminista de los 70, construyan, anuncien, creen, y demuestren de lo que somos capaces de llevar a cabo. Creo sinceramente que es mucho lo que queda por hacer y que se respira en el ambiente un cierto aire de involución generalizado que es imprescindible seguir combatiendo. Miremos hacia atrás para aprender del camino andado y para coger carrerilla.

Imagen de portada: Feminist Studio Worshop en casa de Sheila Levrant (1973)


Publicado por Paloma Blanco [Doctora en Arte Público, Madre Leo y amiga de sus amigas]



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