SOLEDAD MURUAGA | Asociación mujeres para la salud

 

 

La Asociación Mujeres para la Salud lleva casi 30 años luchando por la salud de las mujeres, especialmente mediante su Espacio de Salud Entre Nosotras. Compartimos con Soledad Muruaga, directora y cofundadora de AMS  y ESEN una larga charla sobre salud, psicoterapia y compromiso con el feminismo.

Cuéntanos cómo, cuándo y porqué nació la Asociación Mujeres para la Salud (AMS) y la Escuela ESEN, Espacio de Salud entre nosotras.

La Asociación nace de manera informal en el año 83, en un encuentro de salud en el Instituto de la Mujer donde nos conocemos varias profesionales: psicólogas, médicas, sociólogas, trabajadoras sociales… Decidimos hacer reuniones periódicas rotando por varias ciudades bajo el nombre de Grupos de Mujeres para la Salud.

Las compañeras de Madrid estábamos haciendo talleres relacionados con la sexualidad y la reproducción, y nos convenía crear una Asociación, así que en el 87 nace AMS. Empezamos a relacionarnos con las instituciones y a obtener subvenciones, y gracias a ello, en 1989 organizamos un encuentro feminista internacional con más de 500 profesionales feministas. Casualmente, el último día del encuentro nos enteramos de que nos habían concedido la subvención que habíamos solicitado para crear ESEN, lo cual fue un hito porque no teníamos, ni tenemos, ninguna adscripción política o religiosa.

Fuimos muy afortunadas al poder presentar el proyecto en un momento histórico en el cual había fondos y las subvenciones no estaban tan relacionadas con partidos políticos o con proyectos apoyados por gestorías especializadas.

¿Y qué es lo que motiva la creación de ESEN?

Algunas profesionales pensábamos que lo que nos enseñaban en psicología no estaba enfocado al bienestar de las mujeres. Con esa inquietud viajamos por Europa y también por Latinoamérica, donde participamos en encuentros feministas en los que conocimos a mujeres interesantísimas que formaban grupos de reflexión, que aquí no se conocían. Queríamos trasladar esa experiencia al contexto español.

Cuando presenté mi tesina sobre la prevención de la depresión postparto, que ganó el Premio María Espinosa, al Instituto de la Mujer, su directora Carlota Bustelo confió en nuestra asociación para sacar adelante ESEN y nos concedieron la subvención que te comentaba antes. Con ese dinero, compramos la casa que sigue siendo nuestra sede y la adaptamos a nuestras necesidades.

En el año 90, el 8 de marzo, inauguramos ESEN. Trabajamos juntas varias mujeres, concibiendo el proyecto y la metodología: Belen Nogueiras, Nirvana González, de Puerto Rico, que fue Coordinadora General de la Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe entre 2005 y 2012, Ana María García Cano, de México, y yo misma.

Nuestra metodología de investigación – acción ha ido creciendo y perfeccionándose a lo largo de los 26 años que llevamos trabajando. Hemos atendido a más de 10.000 mujeres entre 18 y 70 años. Y hemos creado lenguaje, por ejemplo, el término depresión de género, que nombra los síntomas que podemos tener las mujeres por vivir en una sociedad injusta, androcéntrica y patriarcal, y que puede confundirse con una depresión biológica.

Volviendo a vuestros viajes por Latinoamérica y al trabajo conjunto con las profesionales de esos países, ¿por qué crees que existía esa tradición tan distinta a la nuestra?

Aquí éramos muy teóricas y racionales, muy europeas, y allí descubrimos lo vivencial, lo afectivo, una forma distinta de concebir las relaciones, un contacto corporal mayor… Nos gustó que se pudieran combinar las dos tradiciones: las teorías que nos son útiles, aplicadas de otra forma. Vimos que en Latinoamérica se trabajaba mucho en grupos, compartían sus experiencias, quien llevaba el grupo era igualitario y creaba un ambiente de confianza, lo cual posibilitaba sacar fuera muchos problemas.

Háblame de la psicoterapia de equidad feminista, la terapia que desarrolláis en ESEN.

Empezaré explicando de dónde viene su nombre. Es psicoterapia porque es terapia psicológica. El término equidad quiere decir que nosotras trabajamos para que todas las personas, mujeres y hombres, tengamos los mismos derechos y deberes. Además, disminuye el componente negativo que interesadamente se relaciona con el feminismo en ciertos ámbitos. Y por último, es feminista porque es nuestra ideología.

Las mujeres que vienen aquí tienen una primera entrevista, y luego se les trata en una terapia individual que desemboca en talleres que suelen durar unos 6 meses. Nos parece imprescindible socializar la experiencia para que las pacientes se den cuenta de que sus problemas no son individuales, sino fruto del funcionamiento de una sociedad cuyos roles y mandatos de género producen una mala salud física y mental. Hace falta ser consciente, descubrir las trampas del sistema y actuar para cambiarlo, ser mujeres empoderadas.

En los talleres trabajamos con grupos de unas 13 mujeres de edades similares para que adquieran las herramientas que necesitan para salir del atolladero en que se encuentran cuando vienen aquí. Tenemos cuatro grupos generacionales. El primero es de mujeres entre 18 y 35 años, sin hijos, que se cuestionan temas laborales, con relaciones de pareja o familiares conflictivas, confundidas en la sexualidad… Luego está el grupo de edad mediana, entre 30 a 50 años, con hijas e hijos, que tienen problemáticas similares entre ellas. Hay dos grupos de mujeres entre 50 y 65 años. Uno es de mujeres que han sido madres, y en esta etapa de su vida sufren la depresión del nido vacío, aunque ahora muchas veces tengan el nido lleno. Y el otro es de mujeres que no han tenido hijos y no tienen pareja, lo cual les genera frustración porque, aunque pueden haber tenido una vida profesional plena, sienten que no han cumplido con las funciones vitales que se nos atribuyen a las mujeres, como la maternidad. Queremos que estas mujeres logren empoderarse y tengan la mayor autonomía posible en todos los ámbitos de su vida, que incorporen el feminismo en su vida cotidiana.

¿Y en qué franjas de edad tenéis más pacientes?

Al principio venían pocas jóvenes, pero han ido conociéndonos y también ha desparecido el estigma que tenía el tratamiento psicológico, por lo que actualmente más del 50% de las usuarias son jóvenes. Tenemos muchos casos de incesto, por ejemplo, pero muchas pacientes no se atreven a decir que han sido abusadas en su infancia y nos cuentan que están deprimidas. Comenzamos un trabajo en la línea de una depresión y llegado un momento determinado, te lo cuentan. Es su mayor secreto y muchas mujeres se lo han llevado a la tumba, es algo que aún está bajo las alfombras.

¿Veis tantos casos de incesto?

Se calcula que un tercio de las mujeres han sufrido abusos en su infancia, la mayoría cometidos por gente cercana: padres, abuelos, tíos, curas… Es algo que no se quiere abordar, como pasó con el maltrato: era algo oculto hasta que se consideró un problema público. Se está notando un cambio de tendencia en este sentido, y ya hay algunas mujeres que vienen contándonos desde el principio que sufrieron abusos cuando eran pequeñas.

¿Y por qué crees que se está produciendo este cambio?

Porque algunos medios de comunicación han expuesto estos casos a la luz, y la sociedad ya no se asusta tanto al oír que hay incestos o abusos. Cuando nosotras comenzamos a trabajar, las maltratadas tampoco te contaban que lo eran, les parecía una vergüenza, y ahora es más fácil reconocerse como víctima de violencia de género, se ha normalizado el problema.

Volviendo a las franjas de edad, comentabas que el 50% de vuestras pacientes son jóvenes.

Tratamos a pocas mujeres mayores, y antes era al revés. Nos hemos dado cuenta de que actualmente, las mujeres más conscientes de necesitar ayuda son las que tienen menos edad y más cultura. Quizás sea porque el centro es conocido en redes sociales, y porque la gente con menos nivel cultural no le da tanta importancia a sus problemas o no llega a conocer los entresijos para llegar a la ayuda. Es una de las razones por las que nuestras pacientes pagan la terapia en función de su capacidad económica, lo cual ha sido un acierto, porque cuando empezábamos no cobrábamos nuestros servicios y fue un error. La gente no se compromete de la misma manera, y además, gracias a estos ingresos tenemos fondos propios, lo que nos ha dado mucha libertad, especialmente durante la crisis y los recortes de subvenciones a las asociaciones de mujeres que ha llevado a cabo el PP.

 

 

¿Qué más estáis haciendo actualmente en ESEN?

En 2013 editamos un libro que recoge nuestra psicoterapia, que hemos presentado en varias partes de España, en Colegios de psicólogos, en Universidades… Además, nos dimos cuenta de que teníamos el espacio y la capacidad para formar a otras profesionales, y creamos la Escuela del Espacio de Salud entre Nosotras, un Master para posgraduadas que dura dos años. El primer año se enseña la base teórica y el segundo consiste en prácticas en ESEN. Esto nos ayuda a tener una cantera de psicoterapeutas, porque cada vez que contratábamos una psicóloga, teníamos que enseñarle nuestra metodología vivencial y el aprendizaje podría durar varios años.

El primer curso empezó en 2015, y las alumnas están entusiasmadas. Al empezar, cada una tiene que cuestionarse a sí misma, conocer las pautas patriarcales que les impiden gozar de una buena salud. Gracias a ese proceso, que es doloroso porque cuestiona su maternidad, su sexualidad, sus relaciones de pareja, su trabajo… son capaces de entender qué le pasa a otra mujer. Por ello, de momento los hombres no pueden desarrollar esta terapia. Un hombre puede ser feminista pero tiene una experiencia de vida muy distinta. Además, en grupos mixtos de terapia grupal, las mujeres suelen prestar especial atención a los problemas de los hombres y se les suele dar las tareas de coordinación, portavocía… Tenemos que ser conscientes de estas cuestiones para poder saltar a grupos mixtos y para que los hombres también puedan desarrollar nuestra terapia en el futuro.

¿Crees que falta mucho para ello?

Actualmente creo que estamos retrocediendo en materia de igualdad. En cuanto nos descuidamos, perdemos terreno, por eso es importante estar alerta ante posibles retrocesos y seguir avanzando. Personalmente, me conformo con que no se pierda lo que estamos creando aquí para las mujeres, la justicia y la solidaridad. Que sigamos luchando contra las trampas del patriarcado, que es como un camaleón.

¿Cuánta culpa tiene el patriarcado en los problemas de salud de las mujeres y cómo afecta a los hombres?

Afecta a los dos de forma opuesta. A las mujeres, debido a la sumisión y a la subordinación, nos provoca procesos de tristeza, de pasividad, de falta de dinamismo… En cambio, a los hombres les afecta en el sentido de que tienen que ser muy machos, muy lanzados. El riesgo es valentía, y la agresividad, una forma de defenderse. Así que, en vez de tristeza, tienen otros problemas. Por ejemplo, beben más, lo que provoca que sufran más accidentes o que haya más alcohólicos que alcohólicas. Les venden una masculinidad mal entendida, no pueden llorar, se pierden mucho en las relaciones afectivas, en la paternidad…

Por otro lado, es algo que está cambiando y muchos hombres se cuestionan la masculinidad trabajando con grupos de hombres. Es una tarea difícil, porque a las mujeres nos conviene tirar hacia adelante y empoderarnos, pero para los hombres cambiar su status quo es perder, lo pueden ver como perder.

Tampoco son iguales los hombres de mi generación que hombres más jóvenes, entre los que hay un mayor porcentaje que está a favor de la corresponsabilidad. Es esencial que las instituciones también legislen a favor de esa corresponsabilidad y por ejemplo den los mismos permisos de maternidad y paternidad. Si no lo hacen, seguiremos manteniendo unos patrones de relaciones equivocados.

¿A vuestras pacientes les cuesta reconocer que lo que les pasa no es personal, sino estructural?

Durante la terapia individual van viendo con ejercicios las trampas del patriarcado, pero es realmente durante la terapia grupal, al escuchar a otras, cuando lo comprenden realmente. Se dan cuenta de que no tienen la culpa, se solidarizan, se dan cuenta de que sus historias se repiten… Usamos mucho el humor para no ser victimistas, si hay que llorar se llora lo necesario, pero tras las lágrimas hay que ir para arriba, y para eso el humor y la solidaridad entre las mujeres son dos factores muy importantes. Dos cualidades, además, en las que no se educa a nuestro género.

Es cierto, las mujeres siempre oímos que entre nosotras somos malas, que nos peleamos, pero creo que no es cierto y que, al contrario, hay sentimientos de sororidad muy fuertes.

Sí, hay muchas mujeres que vienen con el discurso de que “las peores entre nosotras somos las propias mujeres”. Esa idea la tenemos que trabajar para probar que es al contrario y que en su vida, son solidarias y apoyan a otras mujeres. Tenemos que darnos cuenta de que algunos de nuestros comportamientos no nos benefician y hay que cambiarlos. Personalmente, con los grupos he aprendido muchísimo, muchas verdades que no son sólo intelectuales.

 

 

¿Cuáles son los problemas que más veis en ESEN?

Trabajamos mucho con mujeres que sufren malos tratos, abusos en la infancia o separaciones difíciles de sus parejas. Los llamamos síndromes de género por violencia, por incesto, o por separación traumática. Nos hemos hecho especialistas en la depresión de género y en estos síndromes de género.

También tratamos muchos problemas que se dan dentro de las relaciones de pareja. Aunque no haya maltrato, suelen darse micromachismos. Muchas mujeres vienen porque se sienten mal y no saben la razón, dicen que su marido es bueno y no les pega. Les enseñamos que hay otras formas de control que provocan malestar. Cuando lo descubren, algunas logran establecer otras relaciones con sus parejas y ambos evolucionan, pero otras se tienen que separar porque el otro no está dispuesto a cambiar.

El mito del amor romántico también hace mucho daño, aquí lo trabajamos muchísimo. Muchas mujeres siguen creyendo que si sus parejas les controlan, les miran el móvil u opinan sobre cómo visten están demostrando que las quieren.

¿Y cómo ves la tendencia en violencia de género, se están haciendo avances?

Creo que está habiendo un retroceso en esta etapa. Hay unas trampas enormes. Por ejemplo, ciertos temas como la sexualidad, la pornografía y la prostitución se están vendiendo como progresistas y eso no es nada bueno. Parecía que con la educación para la ciudadanía iba a haber una evolución, un avance, y no ha sido así. Los medios de comunicación también siguen siendo sexistas. Comparándonos con otros países pienso en lo que nos queda por hacer en España, y al mismo tiempo, en otros tantos lugares los derechos de las mujeres están retrocediendo.

¿Este repunte del machismo puede tener que ver con que los hombres estén perdiendo espacios de poder?

Sí, sin duda, porque la igualdad no les conviene. Les han enseñado a base de costumbre, de actos, que un hombre es superior a una mujer, y a muchos les cuesta aceptar que seamos iguales, que seamos libres. Por eso es un momento tan peligroso cuando una mujer deja a una pareja maltratadora. Tenemos que corregir y actuar en la socialización de los hombres, tenemos que focalizar el problema en su origen, no en las víctimas.

Eso requiere de una gran madurez política

Es cierto. Y nuestro trabajo es concienciar a las mujeres sobre estos problemas y difundirlos lo máximo posible.

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Fotografía de portada: Retrato de Soledad Muruaga.


Publicado y fotografiado por Cristina Lagoma [Antropóloga, investigadora y activista, se alimenta en Fooddity]

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