MÓNICA G. PRIETO | Reportera Crítica e independiente en lucha por los Derechos Humanos

 

 

Mónica G. Prieto (Badajoz, 1974) es unx de lxs reporterxs españolxs más destacadxs de los últimos tiempos: su pensamiento crítico, sus conocimientos y expertise, así como su independencia son parte inherente de todo su trabajo. Y eso, hoy en día, no se puede afirmar tan fácilmente.
Desde 1995, ha ejercido como corresponsal en Roma, Moscú, Jerusalén, Beirut, Bangkok y Shanghái y ha recorrido el mundo como reportera centrando sus coberturas en la denuncia de los abusos a los Derechos Humanos en tiempos de guerra y en la defensa de los civiles, víctima de todas las partes en conflicto. Ha trabajado en los conflictos de Chiapas, Chechenia, Georgia, Macedonia, las invasiones de Afganistán e Irak y la guerra civil iraquí, múltiples ataques contra Gaza, la guerra del Líbano y la guerra de Siria, entre otros. Ha cubierto acontecimientos en todo Oriente Próximo, Asia Central y el Sureste Asiático, como la crisis de los barcos de esclavos en Tailandia o la limpieza étnica contra la comunidad rohingya en Birmania. En la actualidad, trabaja en reportajes sociales en el Extremo Oriente Asiático, en escenarios como Corea del Norte. Si bien comenzó su carrera profesional en Onda Cero, pronto comenzó a trabajar para el diario El Mundo inicialmente como freelance y en el año 2000 como reportera de plantilla. En 2005 regresó a su condición de freelance para establecerse en Oriente Próximo, al principio en Jerusalén y dos años después en Beirut, donde residió durante siete años y desde donde cubrió profusamente las revoluciones árabes.

Reconocida con los premios Dario D’Angelo en 2005, José María Porquet de Periodismo Digital en 2011, José Couso de Periodismo en 2013, Julio Anguita Parrado en 2016 y Premio Cirilo Rodríguez de 2016, actualmente ejerce como corresponsal freelance en China para medios como El Mundo o Revista 5W.

 

¿Qué te ha llevado a centrar tu atención en Oriente Próximo y Asia? ¿Nos podrías hacer un análisis somero de los estereotipos que nos venden los medios de estas dos zonas del mundo y que, como tales, poco o nada coinciden con la realidad?

Oriente Próximo y Asia son dos zonas extremadamente complejas y decisivas para el mundo, y me imagino que es esa complejidad la que me atrae. Oriente Próximo representa, en cierta forma, los problemas heredados por el colonialismo imperialista de los siglos XIX y XX, y es un legado envenenado de Occidente en suelo árabe que lógicamente repercute en Occidente, en su seguridad y en sus intereses estratégicos. Nuestras acciones allí tienen reacciones en nuestro propio suelo, y muy pocos estados asumen la responsabilidad que tenemos. Por ejemplo, la invasión de Irak en la que España participó de forma activa detonó un conflicto sectario en el mundo islámico que ha costado centenares de miles de vidas, y también creó grupos terroristas como el Estado Islámico, que igual que Al Qaeda han convertido a Occidente en su principal objetivo en venganza por los agravios. El mayor ejemplo seguramente sea la marea de refugiados que han dejado las revoluciones árabes contra dictaduras apoyadas por Occidente, en la mayoría de las cuales Occidente se inhibió a la hora de intervenir o condenar la violencia. La represión de las dictaduras degeneró en guerras civiles terribles para los ciudadanos, y en lugar de dar la asistencia legal a la que nos obliga las convenciones internacionales que hemos firmado, nos encogemos de hombros e incluso culpamos a quienes huyen por salvaguardar sus vidas de nuestros propios problemas.

En el caso de Asia, representa los retos del futuro: China se está rediseñando bajo el mandato de Xi Jinping, un líder con la ambición de convertir a su país en la primera potencial mundial, y el declive de Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump, un líder empeñado en acabar con el internacionalismo que caracterizó a Estados Unidos durante el siglo XX, entregando el mandato internacional a China de forma pacífica. China se ha transformado en una potencia económica temible sin renunciar al control total de su población, pero con el acceso a la tecnología ha cambiado su control: ahora es invisible, imperceptible, pero omnipresente. Ya está exportando esa forma de control a países aliados, especialmente en el Sureste Asiático, pero hay que esperar que haga lo mismo con todo el mundo, dado que son muchos los países interesados en el control: el control de Internet, el control de la población, el control del mensaje, el control de la información… Pekín ha desarrollado durante los últimos años la diplomacia de la chequera, ayudas a la reconstrucción o inversiones en infraestructuras que endeudan a países de todo el mundo dejándole en manos de China, y en el futuro se cobrará esas deudas.

 

Muchas veces, de hecho, se publican noticias en los medios que no son sino mero copy/paste de una nota de prensa oficial, un comunicado que llega directamente a los corresponsales desde uno de los bandos en discordia, o información recogida desde la terraza de un hotel, o de un periodista que va empotrado en un tanque perteneciente a uno de los contendientes (normalmente, en el de EE.UU.)… Lo que hace que recibamos información sesgada sobre lo que acontece en el mundo. ¿Qué opinión te merece esta forma de trabajar? ¿Hay alguna solución a este tipo de dinámicas? Es más, ¿cuál es la responsabilidad del periodista frente a la sociedad? ¿Qué podemos hacer los lectores o espectadores al respecto?

El trabajo del corresponsal, o del periodista, no sólo es comunicar: es contextualizar, investigar, atar cabos, dudar, volver a preguntar, comprender y sólo una vez que se ha comprendido lo que está ocurriendo, contarlo explicando bien el contexto y las posibles repercusiones. La información es un todo, no una declaración oficial. Es cierto que se ha corrompido esa forma de trabajar y que, gracias a eso, la credibilidad del periodismo como institución se ha desmoronado, algo que comprendo perfectamente, aunque me temo que es una representación de los cambios que ha sufrido la sociedad: ahora, la sociedad es más arrogante, está más acomodada, tiene menos inquietudes y no quiere saber, sino confirmar que tiene razón. Y muchos medios no buscan la verdad sino obtener la palmada en la espalda de sus fieles. La única solución que veo posible es recuperar el periodismo desde las universidades, recuperando los valores básicos como la independencia, la honestidad, el rigor, el contraste de las fuentes, la división entre opinión e información y desterrando las actitudes poco profesionales que se han universalizado, como la búsqueda del éxito y del reconocimiento en lugar de la búsqueda de la verdad.

 

Ahora, la sociedad es más arrogante, está más acomodada, tiene menos inquietudes y no quiere saber, sino confirmar que tiene razón.

 

Siguiendo con esta línea, ¿cuál es el periodismo en el que crees y con el que te sientes cómoda trabajando?

Tengo la suerte de ser freelance, y poder dedicarme al tipo del periodismo en el que creo: el reportaje de largo recorrido. Uno de mis últimos artículos, publicado en la revista anual de Revista 5W, trataba sobre cómo se vive en Corea del Norte, y he necesitado tres viajes al país para comprenderlo y sentirme con fuerzas para escribirlo. No suele ser lo habitual: por lo general necesito unas semanas sobre el terreno para comprender y hacer las entrevistas necesarias, pero Corea del Norte es un caso único por la naturaleza única del régimen, que mantiene a la población bajo un aislamiento total. Me siento cómoda cuando puedo dedicar muchos días o incluso semanas a un solo tema, poder leer todo lo que considero necesario, poder hablar durante muchas horas con sus protagonistas, volver una y otra vez a las entrevistas si tengo dudas, y caminar, patear, por los escenarios donde suceden las cosas para visualizar lo que está ocurriendo. Hay que comprender que cuanto más sabes de algo, más matices aparecen y, a su vez, más dudas y preguntas surgen de esos matices. Sólo cuando lo entiendo, lo puedo contar.

 

A lo largo de tu trayectoria, ¿qué no has podido publicar y por qué?

He tenido la suerte de poder publicar todo: todo lo que se quedó en el tintero, fue por falta de espacio.

 

MÓNICA G. PRIETO_TERRENO BELICO

 

Siendo mujer y trabajando en zonas conflictivas, ¿qué ha sido lo más difícil, tanto en el terreno como en tu trabajo con los medios? ¿Qué papel juega (o puede jugar) el feminismo en estos casos?

Creo que no es muy diferente a cualquier otro trabajo: las mujeres lo tenemos más difícil en cualquier profesión. En la mía, en las redacciones se suele tratar a las mujeres con mucho paternalismo accesorio, imagino que en parte por la cultura patriarcal y en otra parte, porque a muchos hombres les resulta muy difícil admitir que una mujer tiene un tipo de valor del que ellos carecen cuando, por ejemplo, acude a un conflicto bélico para informar. En el frente, se nos percibe como iguales: las guerras unifican enormemente a quienes las padecen, sobre todo a las víctimas, pero también a los combatientes: si tienes el valor de estar en medio del combate, eres uno más, seas hombre o mujer.

Sí me ha facilitado el acceso a entornos femeninos complicados para un hombre occidental, en el mundo árabe o en países asiáticos musulmanes como Afganistán o Bangladesh, con sociedades muy conservadoras. Pero sobre todo, ser mujer te dota de una óptica especial, que crece a lo largo de los años: la mujer es el eslabón más débil de la cadena, el sector que más sufre en paz y en guerra, pero sobre todo en tiempos de guerra. Ellas no combaten pero son asesinadas, son vejadas, son violadas: los hombres ultrajan sus cuerpos para dar lecciones a otros hombres, nos reducen a un mero instrumento de su odio. Ellas llevan la carga psicológica de los conflictos, dado que educan a los niños que padecen la violencia sin comprenderla, intentando que les quede el menor trauma posible: son ellas quienes encabezan la huída para preservar las vidas de sus hijos, sabiendo que la huida les hace aún más vulnerables, que serán explotadas y violadas en el periplo. Ellas y sus hijos sobreviven con muchas heridas, y los supervivientes son quienes construyen el futuro de los países. Lo más visual en un conflicto es el frente, pero lo que ocurre detrás de las trincheras, en los refugios, es igualmente decisivo para el futuro del país.

 

Ellas y sus hijos sobreviven con muchas heridas, y los supervivientes son quienes construyen el futuro de los países. Lo más visual en un conflicto es el frente, pero lo que ocurre detrás de las trincheras, en los refugios, es igualmente decisivo para el futuro del país.

 

¿En qué lugares del mundo la mujer sigue estando en situación de riesgo y de qué manera? ¿Qué podemos hacer al respecto los ciudadanos de a pie? ¿Por qué Europa o EE.UU. no alza la voz en estos casos y sí se hacen portavoces, sin embargo, de las causas justas y garantes de la Democracia cuando así lo consideran?

Occidente lleva décadas ejerciendo el doble rasero, en cuanto a la defensa de Derechos Humanos (Guantánamo, las invasiones de Irak o Afganistán, las revoluciones árabes, la defensa a ultranza de la violencia de Israel contra la Palestina ocupada…) y la propia defensa de la democracia. No le interesa ninguno de los dos conceptos, sino sus propios intereses, el status quo internacional en el que las potencias occidentales se sienten muy cómodas porque garantizan su poder. Todo lo que sea amenazar ese poder es rechazado, y eso incluye los derechos humanos, como se puede ver con el caso de la flagrante injusticia que se está cometiendo en el Mediterráneo. Irán es calificado de “amenaza terrorista” pero Arabia Saudí, país que patrocina la ideología que alimenta a los terroristas islamistas de todo el mundo y asesina de hambre en Yemen, es nuestro socio internacional. Los Derechos Humanos en Corea del Norte son motivo de sanciones pero las violaciones de DDHH en China, que mantiene a un millón de personas en campos de concentración en Xinjiang, no merecen ni una línea en las reuniones internacionales. Se invadió Afganistán para liberar a las mujeres, pero ahora se negocia con los Talibán, que siguen oprimiendo a las mujeres como el primer día, sin que a nadie le tiemble la voz. Y se invadió Irak para buscar unas armas de destrucción masiva que nunca existieron, y para liberar a un pueblo de una dictadura, pero en lugar de devolver al pueblo sus derechos humanos se le empujó a una sangrienta guerra civil que hizo retroceder, en lugar de avanzar, en varias décadas. La apuesta por la democracia y los Derechos Humanos sólo vale para los nuestros, los occidentales, pero cuando se trata de universalizar los conceptos son una excusa en manos de las potencias occidentales, no una convicción moral.

 

Siguiendo un poco esta línea, ¿por qué saltan a la luz pública determinados conflictos o noticias y otros quedan en el mayor de los olvidos? ¿Qué pasa, por ejemplo, con Turquía, Arabia Saudí, Siria, Corea del Norte, Irán, Israel, Birmania y un largo etcétera vergonzoso?

Las noticias están marcadas por intereses, no sólo por la actualidad. Puede ser noticiosa la campaña diseñada desde Arabia Saudí para matar de hambre (lo cual constituye un crimen de guerra) a parte de la población de Yemen, pero no suele durar mucho como actualidad porque nadie está dispuesto a exigir a Arabia Saudí (uno de los estados con mayor número de violaciones de Derechos Humanos básicos) que deje de asesinar. ¿Cuánto va a durar en los medios una apuesta a caballo perdedor, sabiendo que no van a cambiar las cosas por muchas denuncias que existan? Pero la responsabilidad es compartida, y no hay que olvidar la responsabilidad de los lectores: no ha habido precisamente manifestaciones en contra de los bombardeos saudíes en Yemen, o contra los crímenes de guerra de Bashar Assad en Siria, cuyo régimen ha lanzado más de 300 ataques químicos contra su propia población como parte de su estrategia bélica, ni ha habido una conmoción social por la limpieza étnica rohingya en Birmania o por el descuartizamiento del periodista Jammal Khashoggi en el consulado saudí de Turquía. Sí la hay cuando un atentado en suelo europeo o norteamericano mata a occidentales, aunque haya dos víctimas. Nos hemos dejado arrastrar a un mundo de bandos, donde los derechos humanos de los demás no nos importan mientras se garanticen los nuestros. No nos importan las víctimas del ISIS en Siria o Irak pero sí nos importan cuando mueren en París o Barcelona. No nos importan que se ahoguen miles en el Mediterráneo porque no son “de los nuestros”. Nuestro doble rasero, como el de los Gobiernos, también genera odio en el otro lado, y esos agravios también pasarán factura.

 

¿Por qué no se hace seguimiento de las resoluciones tomadas al finalizar un conflicto (Ruanda, Irak, Afganistán, Chechenia…)? ¿Se llevan a buen término esas resoluciones? ¿Se acaban las dictaduras o surgen otras (eso sí, aliadas de Europa o EE.UU.)? ¿Quién y de qué manera se benefician los “garantes de la Democracia” cuando invaden un país?

Imagino que sucede porque pasan demasiadas cosas en el mundo, y de forma muy rápida, y la actualidad nos devora. Las resoluciones no suelen llevarse a buen término, y la comunidad internacional no carece de mecanismos para revisarlos pero sí carece de voluntad para hacerlo, porque hay muchos intereses y también demasiados conflictos de forma simultánea que requieren atención, y seguimiento, y muchos medios. Algunas dictaduras se acaban, claro que sí, como Túnez o Etiopía, gracias a la movilización de los ciudadanos, o porque se consumen los regímenes, o porque el dictador muere sin un aparato que herede la ambición de mantener el poder de forma férrea pero no suele ser lo habitual. En Afganistán ahora el poder lo tienen los señores de la guerra, que deberían estar en la Corte Penal Internacional en lugar del Parlamento afgano. En Irak, la clase política tiene milicias propias con crímenes de sangre, en Chechenia no sólo hay una dictadura: el dictador es el hijo del anterior dictador, pero goza del apoyo del Kremlin, otro país con serios problemas con la democracia, con afán revanchista y con una ambición internacional ilimitada que encuentra espacio ahora, gracias a Trump y al declive de Washington, de recuperar el poder que tuvo durante la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética se medía con Estados Unidos.

 

¿En qué situación quedan los habitantes de estos lugares, los refugiados y los migrantes? ¿Podríamos decir que son víctimas y, sin embargo, son percibidas por una gran mayoría en Europa y EE.UU. como victimarios e inestabilizadores del supuesto estado del bienestar en el que vivimos?

Durante la Segunda Guerra Mundial, decenas de miles de europeos encontraron refugio en Oriente Próximo: en Egipto, en Palestina y en Siria se crearon campos de refugiados para quienes huían del terror nazi. Ahora, les negamos la misma condición a quienes huyen en esos mismos países de otros tipos de fascismos, de la dictadura egipcia, de la dictadura siria o del sionismo radical. La historia es cíclica: ayer fuimos nosotros, hoy son ellos y mañana volveremos a ser nosotros, pero parece que la memoria histórica es tan menguante como la moralidad de los dirigentes que avivan el odio contra las comunidades refugiadas para ganar votos. El odio al otro es la base de los fascismos, que se alimentan precisamente del miedo de las poblaciones y de su ignorancia para crecer. Se supone que la educación y el conocimiento (de ahí la importancia de los medios independientes) nos vacunan contra esos riegos, pero la actual arrogancia de las sociedades, que parecen saberlo todo y no necesitar más conocimientos sobre lo que ocurre dentro y fuera de sus fronteras, nos hace más manipulables y nos expone a los líderes totalitarios que sólo pueden crecer en sociedades débiles.

 

La historia es cíclica: ayer fuimos nosotros, hoy son ellos y mañana volveremos a ser nosotros, pero parece que la memoria histórica es tan menguante como la moralidad de los dirigentes que avivan el odio contra las comunidades refugiadas para ganar votos.

 

No sé si has tenido la oportunidad de leer el libro “Kapuscinski Non-Fiction”, de Artur Domoslawski. En esta biografía sobre el famoso y aclamado reportero polaco Ryszard Kapuściński escrita por uno de sus amigos (también perteneciente a la Escuela Polaca del Reportaje) se pone en tela de juicio la veracidad de algunos de los hechos narrados por Kapu en sus reportajes. Evidentemente, una cosa son sus libros de ficción y otra muy distinta un texto para un medio (prensa) que llega a un público como algo verídico, ceñido a la realidad y sin advertencia alguna sobre las licencias literarias que el autor se concede.

Creo que hay que distinguir los artículos periodísticos de Kapuściński y sus libros, porque son dos cosas diferentes. En un libro, las licencias narrativas del autor para explicar los hechos son muy amplias, cosa que no ocurre en un artículo, donde hay que ceñirse a lo verificado, a lo contrastado, a lo visto y escuchado. Creo que Kapuściński usaba sus libros como mecanismo para explicar lo que ocurría en los países sobre los que informaba y que lo logró de una forma magistral. También creo que se exageró mucho en un intento de destruir la imagen de un periodista referencial para la profesión, y que se hizo con cierta mala fe, siguiendo una dinámica muy común en la actualidad, para ganar fama a costa de arruinar la imagen de un hombre que dedicó su vida a una profesión muy complicada. Todos cometemos errores, y seguramente Kapuściński se equivocó incluyendo hechos que no había presenciado en sus libros, pero en líneas generales su trabajo, su dedicación, su espíritu de sacrificio y su curiosidad periodística fueron magistrales. Creo, sin ánimo de ofender, que hoy en día faltan Kapuścińskis y sobran Domoslawskis.

 

 

Libros

  • “Contarlo para no olvidar”. Editorial Autor-Editor (2018). Coautora: Maruja Torres.
  • “La semilla del odio: de la invasión de Irák al surgimiento del ISIS”. Editorial Debate (2017). Coautor: Javier Espinosa.
  • “Siria, el país de las almas rotas: de la revolución al califato del ISIS”. Editorial Debate (2016). Coautor: Javier Espinosa.

 

Imagen de portada: Retrato de Mónica G. Prieto


Publicado por Inma Flor [Periodista y catalizadora de proyectos]

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